Máquinas Honestas · Ensayo 0126 de julio de 20268 min

Elon Musk está construyendo el robot equivocado

Esta semana internet ha visto al Optimus de Tesla entrar en una mansión de Los Ángeles con Elon Musk, meter las bolsas de la compra y dejarlas sobre la isla de la cocina, cruzando con él un par de palabras por el camino. Nueve millones de visualizaciones y subiendo. Y me da que la mayoría de esos millones aplaudía lo que no era.

Mira: el robot no hizo nada extraordinario. Llevar una bolsa del maletero a la encimera es un problema resuelto; las máquinas de los almacenes llevan una década haciendo cosas más difíciles sin que nadie las grabe. Lo que provocó el aplauso fue el aspecto de Optimus mientras lo hacía: dos piernas, dos brazos, una cabeza donde va una cabeza, un andar que se lee como humano.

Celebraban el parecido.

Y ese parecido merece que lo miremos con más calma, porque el argumento de ingeniería a favor de un robot humanoide cubre bastante menos de lo que Tesla puso en Optimus. Voy a exponerlo primero con toda su fuerza y luego intentaré encontrarle los agujeros —discutir con un hombre de paja es una pérdida de tiempo para todos, y la posición de Musk es más sólida de lo que sus críticos suelen reconocer.

El argumento principal de Musk

Todas las puertas que has cruzado en tu vida se dimensionaron para un ser humano. Lo mismo vale para cada escalera, cada manilla, cada interruptor, cada lavadora y cada estantería. Nuestra civilización solo finge ser un entorno neutro. En realidad es una interfaz de usuario, y su usuario estándar tiene dos brazos, dos piernas, dedos hábiles y los ojos a un metro sesenta del suelo.

Un robot con ruedas no puede subir tu escalera. Un perro robótico no llega al estante de arriba ni conduce tu coche. Un brazo de cocina especializado jamás sacará la basura. De ahí la solución: la forma humanoide es sencillamente compatibilidad con el mundo que ya tenemos —una sola máquina capaz de operar todo lo que ya está construido para personas, sin reconstruir nada.

Detrás de ese argumento principal hay otros dos más pequeños.

El primero, los datos. Internet guarda un archivo casi infinito de vídeos de humanos haciendo cosas con cuerpos humanos, y un robot con nuestra forma puede aprender de esas demostraciones casi directamente. Un robot con cualquier otra forma necesitaría un dataset que no existe.

El segundo, la fabricación. Un chasis universal producido por millones sale más barato que diez máquinas especializadas producidas por miles.

De acuerdo con todo. Llevo veinte años construyendo productos y lo digo sin ninguna ironía: si aceptas las premisas, la apuesta humanoide se sostiene.

La letra pequeña

Pero casi nadie toma ese argumento y lo mira un nivel más a fondo.

Las escaleras exigen piernas, o al menos un cuerpo capaz de negociar peldaños. Los estantes altos exigen alcance y manos articuladas. Conducir exige extremidades en posiciones más o menos humanas. Aprender de vídeo humano exige articulaciones que se correspondan con las nuestras. Pero todos los puntos de esa lista hablan de cinemática: geometría del movimiento, alcance, grados de libertad.

Pero en esa lista no hay rostro. No hay una cabeza con nuestra forma. No hay un andar afinado para parecer relajado y no para ahorrar energía. Ni cinco dedos donde tres agarrarían mejor. Ni la función que Optimus interpreta con cada entrega: el asentimiento, la palma hacia arriba al presentar la bolsa, el lenguaje corporal.

Así que el argumento de ingeniería da para una máquina capaz de moverse por un mundo humano. Pero lo que Musk construyó es una máquina que interpreta humanidad delante de quien la compra. Son productos distintos. Uno es una herramienta. El otro apunta a su dueño.

Pagando de más por el teatro

Caminar sobre dos piernas es uno de los problemas más caros de la robótica. Un bípedo quema computación —y un montón de energía— solo en mantenerse de pie, mientras que un cuadrúpedo consigue la estabilidad casi gratis. Dos piernas cuestan más energía, más actuadores y más maneras de fallar. Los ingenieros asumen esos costes cuando la recompensa es real: escaleras, pasillos estrechos, asientos de coche. Vale.

Ahora vuelve a ver la demo con eso en mente (yo mismo la he vuelto a ver cinco veces). El ritmo y la manera de andar de Optimus no ahorran ni energía ni tiempo: están afinados para que dé gusto mirarlos. Las manos son todo lo parecidas a las humanas que pudieron hacerlas, aunque una pinza más simple y barata sostendría la bolsa igual de bien. Cada vez que la respuesta de ingeniería y la respuesta teatral se separan, Optimus toma el camino teatral. Y el teatral sale siempre más caro.

Cuando una empresa paga una y otra vez un sobreprecio por algo que su caso de uso declarado no necesita, en algún momento toca concluir que el caso de uso declarado no es todo el producto. El parecido no es un gasto que olvidaron recortar. Es lo que están vendiendo.

¿Y para quién es el rostro?

La mayoría de las críticas a los robots humanoides se quedan en «es ineficiente». Pero la ineficiencia es solo un coste, y los costes se amortizan con la escala —de producción y de operación. La pregunta interesante es otra: ¿para quién está trabajando toda esa humanidad extra?

Para el robot, desde luego, no: la ropa se dobla perfectamente sin cara. El rostro trabaja sobre nosotros. El cerebro humano responde a la forma humana con una velocidad y una profundidad que se saltan la deliberación por completo: confiamos antes en lo que tiene forma de persona, lo perdonamos más rápido, le atribuimos intenciones, competencia y peso moral que no se ha ganado. Ese circuito es antiguo, involuntario y —esto es lo importante— cada cliente potencial lo trae ya instalado de fábrica.

Llevo dos décadas diseñando onboardings y sé lo que cuesta ganarse la confianza de un usuario nuevo: es la conversión más cara de todas. La forma humana la consigue gratis, por reflejo, antes de que la máquina haya hecho nada útil. El diseño que apunta al reflejo y no a la tarea ya no es ingeniería. Es persuasión. Un dark pattern.

No creo que nadie en Tesla se sentara a diseñar una máquina de manipulación a propósito (aunque, ¿quién sabe?). No hizo falta. El mercado elige el parecido y lo aplaude, así que el parecido se construye. Y justo por eso merece la pena hablarlo.

Un robot honesto

Años de observar cómo la gente se encariña con los productos me han llevado a un principio de diseño, y esta serie de ensayos es mi intento de defenderlo en voz alta. Lo llamo honestidad ontológica:

honestidad ontológicaf., diseño de robots

El principio según el cual una máquina debe ser reconocible como máquina al nivel del reflejo, no de la letra pequeña: cinemática humana donde el mundo lo exige, semiótica de máquina en todo lo demás. Un robot puede tener manos como las nuestras —pero no debería llevar un rostro como el nuestro.

Dale al robot piernas, si las escaleras piden piernas. Dale brazos que lleguen al estante de arriba y manos que sostengan la bolsa de la compra. Hasta ahí manda el mundo —y ahí el argumento de Musk es de hierro. Pero el rostro, el andar, los pequeños asentimientos: nada de eso está ahí por compatibilidad con nuestro mundo. Es una llave tallada para la cerradura más vieja que llevamos en la cabeza. Y nos toca darnos cuenta a tiempo, antes de que haya uno de estos en cada casa.

Lo más extraño de esta historia, de todos modos, no es en qué se están convirtiendo los robots. Es lo fácil que resulta leer a una persona: basta con construir un cuerpo de nuestra forma y hacerlo entrar —sonriente, educado, cálido— en nuestra cocina.

Próximo ensayo: por qué el antropomorfismo nunca estuvo en el robot —lo más probable es que tú también le hayas puesto nombre a una aspiradora o a un coche. El reflejo vive en nosotros; el diseño solo fuerza la cerradura.

Este es el Ensayo 01 de Máquinas Honestas, una serie sobre el antropomorfismo en la robótica: lo que cuestan las máquinas con forma humana en ingeniería, lo que hacen con nuestra psicología y cómo diseñarlas con honestidad. Nuevos ensayos cada pocos días: RSS · LinkedIn · read it in English.